domingo, 5 de septiembre de 2010

Jorge Pérez por Jorge Pérez (Chapter 1)

Capítulo 1.

Que fuese un fracasado no era lo que más le molestaba a mi madre de mí. Siempre me decía que había sabido que yo iba a ser corto e imbécil desde el momento en que vio mi cara, recién salido yo, no sin dificultades, de su interior. Así que sabiendo ella que yo era tonto del culo decidió no enviarme a la escuela, para no perder su tiempo y no crearme ningún tipo de trauma al verme incapaz de progresar en el complicado mundo de la educación reglada. Hasta los cinco años no me habló, ya que según su sabia opinión habría sido malgastar su saliva; de los cinco a los doce me enseñó a comunicarme de forma verbal y a partir de los doce de forma escrita, con un sistema inventado (y patentando) por ella, que consistía en realizar lecciones monotemáticas en honor a una letra de forma mensual. Empezando por la A y acabando por la Z. Una vez finalizados los dos años y pico de intensas copias sin sentido, empezaba yo a copiar el diccionario de la Real Academia Española, acabando yo a los 23 años conociendo todas las acepciones de la edición del susodicho de 1983. Creyéndome totalmente formado, decidí abandonar el techo familiar justo después de copiar en mi libreta por quingentésima vez la palabra zuzón. Al comunicarlo a mi familia, no hice caso a las airosas quejas de mi madre diciéndome que no duraría ni dos días en el mundo exterior, ni tampoco presté atención a la grave mirada que me dedicó mi padre, ya que llevaba mirándome igual desde hacía cinco años, momento en que murió y mi madre, laboriosamente y como esposa abnegada que era, lo disecó y sentó en el sofá. Así que cogí mis posesiones más preciadas, es decir, unos calzoncillos, un pantalón que llevaba perteneciendo a mi familia desde que mi abuelo lo sustrajo a un cura en plena Guerra Civil (rumores maliciosos dicen que el cura se los había sacado voluntariamente, aunque como católico romano y apostólico lo niego) y mis ocho kilos de libretas dónde estaba todo mi conocimiento adquirido hasta ese momento. Bajé, con mis cosas enrolladas por una sabana, le di un beso a mi madre, otro a mi padre, escupí el trozo de pellejo que éste dejo en mis labios y partí hacia el mundo exterior.

martes, 31 de agosto de 2010

Ornitología

Ser un observador pasivo no significa que te den por culo mientras te dedicas a mirar pájaros a través de unos prismáticos, a eso se le llama ser una pasivorra ornitofílica. Ser un observador pasivo significa llegar a un local en el que está tocando un mamarracho con gafas de 3D rollo ochentero, sentarte al fondo, pedirte una cerveza, coger el cigarro con elegancia y, que una amiga de la chica que va a tocar después del mamarracho te diga que su amiga es muy buena y que espera que te guste. Te la quedas mirando, sin saber que decir, eres un observador pasivo, no estás programado para interactuar con nadie, no debes, el hacerlo eliminaría toda tu esencia y te convertirías en quarks que volarían hacia Andrómeda pero, dos tetas tiran más que dos carretas. Así que le dices que la escucharás con atención, que esperas que sea tan buena como ella dice, le ofreces un cigarro, no fuma, la miras, aún no acabas de sentirte cómodo en tu rol de participante, así que tu habitual verborrea desaparece momentáneamente. Lo suficiente para que la chica vuelva hacia el escenario, se siente con sus amigas y el pesado capullo de las gafas de 3D ni siquiera ha acabado su patético show. Ahora ya no eres un observador pasivo, te ves obligado a hablar con la gente. Primero un viejo alcohólico con un tatuaje en el brazo, antiguo rocker me explica, aparece un rocker más joven (40 años más o menos), saca una especie de grasa de ballena y se la unta en el pelo, a la vez que se pasa un peine, dejando un tupé magnífico. Ambos me parecen personajes miserables, aunque mi nueva naturaleza me los muestra como seres interesantes con los que interactuar. Hablo con ellos. Me meto con el más joven, al mayor lo respeto y escucho, así me enseñaron que debía tratar a mis mayores. Aparece Eddie Lamarck, ahora recuerdo a lo que había ido al local, a escucharle pinchar. Se pone a los platos (saca al rocker, que estaba poniendo algo de doo-wop) y empieza a sonar algo maravilloso, enrevesado, envolvente, precioso al fin y al cabo. Me pongo a bailar. Nadie baila. Que les den. Ahora estoy en una especie de lugar vital intermedio, observo y me observan, pasivo y activo, analista y analizado. Veo como un skin de metro ochenta se pone a bailar para ligar con una chica mona. Su truco consiste en dejar un botellín de cerveza en el suelo y empezar a realizar unos pasos que se sitúan entre los dados por los asistentes a un concierto de Skatalites y los de las maravillosas coreografías de los Umpa-Lumpas de la Fábrica de Wonka. No creo que le funcione. La chica se pira. Él por desgracia sigue, animado por los rockers y una serie de personajes variopintos.

Para acabar esta historia debo dejar clara una cosa. No me ligue a la tipa esa. No, estuve hasta las tres bailando. Luego caminé media hora con los botines, cuesta arriba, hacia casa. Pero llegué a mi cama y estaba contento. ¿Moraleja? El entorno nos moldea y transforma. Nuestras necesidades y naturalezas vitales son cambiantes y el Universo lo creó Dios y Ronald Reagan es su mesías.

miércoles, 25 de agosto de 2010

DIa de Namibia


En 1978 luché en Namibia junto a otros buscavidas de la ultraizquierrda mundial. Fueron días de arena, tiros y bellas amantes de ébano (siempre quise decir esto último). Algún día contaré lo que le hicimos a un mercenario canadiense que trabajaba para el gobierno del Apartheid pero, primero tengo que comprobar que esos actos no tengan ninguna repercusión legal en la actualidad.

Un saludo desde Porto Bello.

martes, 24 de agosto de 2010

Verano

El cortaúñas es una de las cosas más molonas que he descubierto este verano.

ANTES DE CONTINUAR ME GUSTARÍA RECORDAR A ISAAC ASIMOV, SUS LEYES DE LA ROBOTICA NOS SALVARÁN DE MORIR EN MANOS DE AIBO. OS LAS RECUERDO:

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Proyectos veraniegos:

-Acabarme “Estados Fallidos” (bastante improbable)

-Casarme con Margaret Thatcher

-O follármela

Estoy en un pueblo mediterráneo, dedicado al turismo inglés de clase media baja, centrándose en acoger a familias nucleares. También hay pijos de Madrid y lugares como esos, pero no cuentan. Caminaba, tranquilo, y vi a un imitador de Elvis en un pub, mientras un camarero mayor, fuerte, con bigote y, seguramente gayer, bailaba mientras la gente de las mesas movía la cabeza siguiendo los berridos fruto de la falta de fuelle del hombre en el traje blanco (capa incluida; lentejuelas, también). Luego me voy a un lugar, subo unas escaleras, una cani de 15 años se mete con mi madre, el sitio debe molar. Chavales jugando a la play, otros pinchando house, otros jugando al futbolín. Me pido un Gintonic. Hablo con el camarero. Viene un tipo, bebe, no quiere pagar, el camarero llama a la Guardia Civil (picoletos los llamaba en ese momento), paga un amigo del tipo, desaparece el tipo y la Guardia Civil no hace acto de presencia. Llevo tres gintonics, me presentan a un camello. Se llama como yo. Ahora tengo su móvil. Me fumo un porro. Me voy. Cojo la bici. Y estoy a 2000 años luz de casa. Pero antes del porro también. Elvis era marciano. Su imitador, de Plutón.

viernes, 30 de julio de 2010

De ceniceros y máquinas succionantes

Well, si es verdad lo que dicen por allí, en el fondo es mentira. Sólo necesitas una súper miniascpiradora conectada a la red eléctrica de tu ciudad y entonces el problema está solucionado. Hablo de la ceniza. Hoy estaba viendo una peli a la vez que me estiraba en el sofá, muy comodón, bohemio y un poco borracho. He hecho uno de mis movimientos espasmódicos y aun siento las quemaduras que me ha ocasionado el enigmático y fantástico viaje del cigarro por mi espalda, más allá de mi camisa. Cuando me siento duele, a no ser que la silla no tenga respaldo, ya que la más dolorosa de las quemaduras se sitúa en el coxis. Luego, y de allí viene el inicio de mi escrito, me han llamado y he tirado el cenicero (de una especie de papel de aluminio ultra denso, están en Rodilla) lleno de la ceniza de quince cigarros. No sabía qué (este acento es cortesía del corrector de Word) hacer y, más sabiendo la manía por la limpieza de mi querido compañero de piso, así que le he pillado la miniaspiradora y he aspirado la ceniza. Si no utilizo ese sistema es muy chungo quitarla. Palabra.

P.S.(He empezado con Well porqué me siento muy anglosajón, zorras)

sábado, 24 de julio de 2010

About a painted cow



A graffiti is not a simple draw in a wall. It supposes a metamorphosis of the wall. It makes it change from an architectonically needed element, in other words, an element from a whole structure which has not a meaning by itself but by the confluence of other elements, into a unit of significance. This change empowers both the image shown in the wall -as a new meaning generator- and the wall -as a mean of communication.

Once this fact is fully realized, the use of new “canvas” to do graffiti does not have to surprise the viewer. It cannot be denied that the image analyzed in this section is shocking, but this should not stop us from trying to dive into it and find the answer to this paper's aim: is this a revolutionary weapon?

First of all, and following the starting logic, the meaning of the cow has changed after Mr. Banky's action. A cow is a herbivore mammal from which humans extract milk and meat. It is usually related with country and green meadows. What is seen in the image is that, a cow in a green meadow. It could be a bucolic post-card from English little village. The difference strives in what the author has added to the cow “To advertise here call 0800, Banksy”. As it was said in the first paragraph, the cow has changed from an animal to a medium of communication. With this new character, the message it held has a relevant importance. That is why I affirm this cow is no longer a cow, but a hoarding.

This radical transformation can be seen as a revolutionary weapon. There are two inherent critiques to the Consumer Society in the image that once put together clarify this point of view. The first one is related to the tremendous quantity of publicity and the variety of places where it can be found. Here, Mr. Banksy might be trying to make the viewer realize the exposition he has to publicity by writing and advertisement in a bizarre lieu. The second one is the fragility of non urbanized places. The author can be using his work here to show how a typical urban item -a hoarding in this case- appears in the countryside and how astonishing can it be when a incautious stroller finds his eccentric hoarding. Both factors combined fit in the reason given in this paper to consider Mr. Banksy's work a revolutionary weapon.


Visto en: Del Real, P. (2010)Resistance in our Consumer Society. An overview on Banksy's work as a revolutionary weapon. WP Universitat Autònoma de Barcelona

jueves, 22 de julio de 2010

Canción protesta

Yo tenía tres años cuando por primera vez me circuncidaron. Tres y diez minutos cuando me circuncidaron por segunda vez. Putos rabinos. Lo normal habría sido circuncidarme al nacer, pero cuando me parió mi madre estaba poniendo bombas por Nicaragua y se olvidó. Lo que me alucina es que ahora viva en Jerusalén, con un tipo (mi padre creo que era un agente de la CIA ayudando a la Contra que se sobrepasó en un interrogatorio) que es ultra-ortodoxo. Lleva peluca y realiza todos esos rituales de mierda. Yo por suerte me fui a estudiar a París y me casé con una preciosa chica marroquí. Tuvimos tres hijos. Ella murió en un fatal accidente de coche, junto a mis hijos. Ahora me dedicó a andar por la calle, sin trabajo, ni casa, apenas comida y demasiada poca bebida. Putos rabinos.

lunes, 19 de julio de 2010

Canción de la post

En su mesa una botella de vino, un vaso que se llena del mismo, un cenicero, un cigarro (que va del cenicero, a sus dedos, que luego se lo llevan a los labios y según las autoridades sanitarias, a la tumba), pero eso da igual. Lo que importa es lo que falta. Mujeres bellas, un pianista y champagne. En el fondo son tonterías, ilusiones fruto de películas y sueños de grandeza bohemia, porqué no hay nada peor que eso, los sueños bohemios en gente demasiado seria para ser verdaderos bohemios. "Vaya mierda, que cobardía me invade" piensa en voz alta. Los travestís, las conspiraciones rodeadas de humo, el beso de la heroína, los cinco días sin dormir y, el beso de una cándida ninfa, que busca en él una imagen más allá de su persona ¡No! No hoy, ni mañana, teme. Como mucho un cáncer de pulmón (horreur!) o una elegante (y dolorosa) cirrosis. Algo es algo, momento de victoria sobre su mediocridad, triste victoria, pero están de moda los terroristas suicidas. Otra cosa que le molesta, ser un descreído sin sentido alguno del gregarismo, lo cual le convierte en un triste imbécil. ¿O no? Puede que no, se anima. Mola más que otros. ¿O no? En el fondo le da igual, ya ha pensado en su triste realidad, ¡Qué liberador! Poner una bomba, escribir algo que emocione o agrade a alguien, hablar de la mierda que es el mundo (pero con alegría, la revolución es alegre, no negra y maoista), aún le queda esperanza. Se sonríe, se alegra, mueve sus piernas al ritmo de música hecha por los que envidia y se vuelve a sonreír. No todo está perdido pequeños esquimales y ladrillos que habitáis el mundo, jódete Cheney. Beberá un par de vasos más y mañana, ¡Uh! ¡Uah!, yeah...

miércoles, 14 de julio de 2010

Paulpo

Cuando celebren las capacidades adivinatorias de un cefalopodo, no muestren para ello ejemplares de su especie muertos siendo movidos por pescateros y eras. Porqué si ahora resulta que todos los cefalopodos del mundo tienen un don tan especial, el pulpo a feira subirá de manera espectacular, y a mi me gusta mucho.

P.D: ¡Qué caló!

jueves, 1 de julio de 2010

Dia, o el niucomunism

El politburo que dirige los supermercados Dia no acaba de tener las cosas claras. Han empezado, por un lado, un programa de apertura comercial llamada Josepshtroika, cuyo acto más significativo a sido la inclusión de la tónica Schweppes (he necesitado a San Google para escribir correctamente esto último) en las estanterías de sus tiendas, además de variar la oferta de pizzas Tarradellas (¿Un acto de acercamiento hacia el nacionalismo catalán?), variación que ha incluido la deliciosa especialidad en queso de cabra. Pero por el otro lado, hoy al ir a comprar dos packs de 6 botellas de 2 litros de agua cada una (es decir, 24 kilos de agua), he cometido el gran error de tener sólo un billete de 50 (el arbusto de los billetes de 10 se ha marchitado con el calor sofocante de Barcelona), lo cuál, según la adoctrinada cajera, era un acto de ostentación capitalista que merecía el más severo castigo (es decir, enviarte a la helada tundra de la sección de congelados a ordenar, como un esclavo, barritas de pescado Pescanova, bueno, no, como es el Dia son Dia). Después de la bronca (pública y con aplauso y cantada de la Internacional final por parte de 3 ancianas que hacían cola detrás mio), me ha informado la severa cajera de que los supermercados Dia no aceptaban billetes de más de 20 euros, destrozando así los atisbos de apertura liberal por parte del último reducto comunista

domingo, 20 de junio de 2010

Depresión estival

El verano no le gustaba a José. Las chicas iban bonitas, la luz le impedía abordarlas. Las calles se llenaban de viejos, adolescentes y parejas de treintañeros con carritos con bebés que habían nacido hacia pocos meses, fruto de la pasión que se había iniciado un año antes con el inicio de la primavera. Los rincones oscuros y desolados que florecían en invierno se transformaban en lugares de encuentro, botellones y comentarios sobre el Mundial. Las gabardinas no se llevaban y salir a la calle debidamente preparado para su actividad favorita era imposible. Además, por culpa de los turistas, los coches de la policía no paraban de patrullar, destrozando la inquietante tranquilidad que le era propicia cuando el sol no lucía. La felicidad con la que iba a su triste trabajo en Noviembre, era ahora un recuerdo que hacía aun más dura su estival depresión. Todos los años le pasaba lo mismo. ¿Cuántos intentos de suicidio tendría en estos cuatro meses? El año pasado fueron tres. Éste se olía que serían más. Como dijo Frederich Stingler: “es verano, mal tiempo para el violador en serie”.

martes, 8 de junio de 2010

Muerte de un transportista

Muerte de un transportista

Historia de Roberto, un chico torturado, expoliado y asesinado a manos de dos mujeres

El pasillo estaba a oscuras. Eran las 10.45 de la mañana cuando el juez de guardia, la secretaria y la médico forense entraron en la habitación en la que se hallaba el cadáver de Roberto, el dueño de la casa. Para iluminar la estancia, llena de basura, levantaron como pudieron la persiana, que estaba destrozada. Una mujer que compartía piso con la víctima, una tal Dolores Reyes, observaba la escena desde el quicio de la puerta. Con mucha calma le preguntó al agente número 60.383 si ella podía seguir viviendo allí. Los presentes, que fotografiaban el cadáver, se dieron la vuelta horrorizados por la frialdad con la que hablaba.

El martirio de Roberto acabó así un primero de septiembre de 2007, aunque había empezado de manera inesperada un año antes. Roberto era entonces un chico transportista de 25 años que había nacido con el nombre de Concepción. Sus padres, un matrimonio mayor y de pueblo que lo había adoptado al nacer, acababan de morir. Callado y tímido, Roberto frecuentaba con su novia Yolanda los bares de Chueca, en el centro de Madrid. Por allí coincidió con Dolores, una vieja amiga del colegio.

La situación de Dolores era entonces lamentable: se alojaba con una compañera, Ainhoa, en una chabola a las afueras de la ciudad. Vivían de rapiñar en las basuras cercanas a los supermercados y de la chatarra que recogían. Roberto les propuso a las mujeres que se quedasen a vivir un tiempo en su casa de la calle de la Isla de Arosa, hasta que encontrasen algo mejor.

Roberto vivía en conflicto consigo mismo desde su nacimiento. No quería ser mujer, se sentía un hombre. "No es fácil que a los nueve años te pongan un vestido de comunión de niña o tengas que ir siempre por ahí con efectivo porque no quieres ver la cara que pone el de la tienda al ver tu DNI", cuenta Fran, un amigo de Roberto. Se conocieron en Hombre Transportista, la asociación a la que ambos pertenecían. A pesar de que Roberto tenía el aspecto de un chico robusto, corpulento, según su documentación se llamaba Concepción, Conchi para mayor sufrimiento, un nombre que detestaba con todas sus ganas. "El tiempo que todo el mundo utiliza para formarse, las personas transportistas lo gastamos en encontrar nuestra verdadera identidad", añade Fran, un hombre transportista con perilla que no quiere que se especifique su profesión. La de Roberto era vigilante de seguridad, un oficio que ofrece soledad y discreción. Lejos del escrutinio de la gente, de las miradas indiscretas.

Roberto acababa de comenzar el proceso de administrarse hormonas cuando las mujeres terminaron de instalarse en su casa. La convivencia fue mal desde el principio. Todos vivían del dinero que había heredado Roberto. Yolanda, su novia, no aguantaba a las nuevas inquilinas y acabó marchándose. Roberto y las chicas pasaban los primeros días bebiendo sangría y jugando a las máquinas tragaperras en un bar cercano, como se explicó en el juicio que se celebró contra la pareja de mujeres. Pero al llegar a casa no paraban de oírse golpes y gritos. Los vecinos se escandalizaron desde el principio. Una noche los golpes fueron especialmente intensos. Al día siguiente, una vecina se cruzó con los tres en el rellano de la escalera y al ver a Roberto con el ojo morado le preguntó qué demonios le había pasado. "Le han pegado en una discoteca", zanjó Dolores. El chico bajó la mirada sin decir nada.

Los porrazos fueron a más. Cada noche peor. Roberto pidió a las mujeres que se fuesen de su piso, e incluso les ofreció una casa que también había heredado en un pueblo de Guadalajara. Se negaron.

Días después Roberto quedó con su tía a comer y ella lo vio deteriorado. Estaba más flaco. Le contó que las chicas se habían atrincherado en su casa. "Déjame que vaya yo y me encargue de ellas", le dijo la tía. Le contestó que no. Quería ocuparse él mismo.

Las amigas de Roberto también empezaron a preocuparse. Le llamaban a casa y al móvil, pero nunca contestaba. Siempre se ponía al teléfono Dolores. La pareja llegó a cambiar incluso la cerradura de la puerta sin darle una copia de las llaves a él.

Se convirtió en costumbre meterle a Roberto la cabeza bajo el agua de la bañera hasta que se pusiese azul. Con el móvil, le grabaron desnudo mientras le afeitaban el vello que le había nacido con las hormonas que se administraba. Le amenazaban con prostituirle, arreglarle un matrimonio de conveniencia, y a sabiendas de que odiaba su condición de mujer, le pasearon en minifalda, top y unas sandalias de tacón. Aquello horrorizó a todo el que lo vio por la calle.

Los residentes del bloque estaban alarmados. A mediados de abril avisaron a la Policía Municipal. Roberto deambulaba hecho un guiñapo, siempre acompañado por las dos mujeres, mirando al suelo, sin saludar a los vecinos de toda la vida. Un agente local escribió en un informe que Roberto llevaba meses sin pagar la comunidad. Además comprobó que Dolores ejercía un dominio sobre él que anulaba su voluntad. "Se solicita la intervención de los servicios sociales", concluyó el policía, "para que lo liberen de esta situación antes de que sea tarde". Eso nunca llegó a suceder.

Los muebles fueron desapareciendo de la casa poco a poco. Se desmontó hasta el aluminio de las ventanas. Un chatarrero con una furgoneta se fue llevando los trastos. Dolores guardaba en un bolso pulseras, anillos y pendientes de oro que encontraba en los cajones. Lo vendió todo a una casa de empeño. Por esa época, en un cuaderno de anillas, las mujeres escribieron en una hoja en blanco que "Concepción González", como le llamaban con desprecio, les autorizaba a vivir en su casa hasta que consiguiesen una vivienda propia. Lo siguiente fue hacerle firmar que les regalaba su piso por las deudas ficticias que había contraído con ellas.

Una mañana se llevaron a Roberto a una inmobiliaria. El comercial quedó impresionado por la estampa de la extraña familia que quería hacer el negocio. Al llegar a casa colgaron del balcón un cartel de "se vende". El trabajador de la inmobiliaria, semanas después, visitó la vivienda con el anticipo de un posible comprador, pero no pudo dárselo a Roberto porque, según una de las dos mujeres, estaba "indispuesto". Acabó dándoselo a ella.

El chico perdió 40 kilos en estos meses. La noche del 29 de agosto de 2007 le pegaron con tal brutalidad en la cabeza que falleció días después. Roberto sufrió 72 horas de agonía tirado en un colchón sobre el suelo. Cuando llegaron los agentes y el juez sustituto, las dos mujeres no paraban de preguntar si se verían obligadas a dejar el piso. Esgrimían en la mano el cuaderno de anillas. Una vez en comisaría, Dolores le preguntó, sin pestañear, relajada, de nuevo al agente 60.383: "Si hubiera llamado a un médico, ¿se hubiese salvado?".

El juicio contra Ainhoa Nogales y Dolores Reyes se celebró el pasado febrero en la Audiencia Provincial de Madrid; el relato de los hechos heló la sangre de todos los asistentes a la vista. Fueron condenadas a 18 años de cárcel, acusadas de asesinato, atentado contra la integridad moral, coacciones y extorsión. Sin embargo, la memoria de Roberto, el vigilante de seguridad solitario, no ha quedado del todo reparada. En la sección 15 del Cementerio Sur de Madrid, su féretro yace bajo esta lápida: "Concepción González Onrubia 14-12-1981/1-9-2007". El nombre que tanto le hizo sufrir.

miércoles, 2 de junio de 2010

La canción Caníbal

Caníbal por Andrea Malin

Un bosque. Oscuro. Luna llena. El bosque es frondoso. Hay una especie de cabaña justo detrás de dónde los personajes hablar. La luz es oscura, la niebla invade el suelo. Bichos y búhos. Dos personas. Un hombre y una mujer.

Manolo: tiene un hijo caníbal. Él es un leñador, fuerte, barbudo, fumador de pipa, desarreglado.

María: es la hermana de Manolo. Vive con él, su marido la abandonó con tres niños, ya es mayor, pero se ve que fue bella de joven, aunque las desgracias han marchitado tanto su cuerpo como su espíritu.

Manolo: ¡María! ¡María! Se ha escapado…

María: ¡No! ¿Están mis chicos bien?

Manolo: Paco ha perdido un dedo, el resto huyó a la iglesia y allí San Benito los protegió. Parece que tu primogénito no era lo suficientemente sabroso y lo ha dejado allí, sin dedo, pero con el resto intacto.

María: Válgame Dios… ¿Y sabes dónde ha ido el niño? Porqué acuérdate de la última vez, cuando se comió al bebé de los Fernández y casi le mata el Juan, suerte que lo paró su mujer, que es muy devota y cree en el perdón. Tan sólo te pidieron que lo tuvieses atado y nunca lo soltases y pagases el funeral de su hijo. Buena gente que son. ¿Cómo se ha escapado?

Manolo: Se ve que le dijo a José, que sabes que es un chaval fácil de convencer, que si le soltaba le daba tres pesetas. Así que va él listo de tu niño y, mientras yo me dormía bajo el chopo después de beber un vino en la taberna, me coge la llave que llevo colgada. No me he dado cuenta de su hurto, ya que estaba yo cansado como si de noche fuese. El chico ha ido a liberar al mío, pero Ramón estaba hambriento y ha intentado morder a José, éste se ha asustado, se le ha caído la llave y se ha ido corriendo con su hermano pequeño hacia la iglesia; Paco se ha quedado para pedirme ayuda, pero enseguida ha aparecido Ramón y es cuando le ha arrancado el dedo.

María: Válgame Dios… ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Manolo: Tú ya lo sabes…

Se acaba la escena con los dos personajes empezando a besarse, se desnudan y fornican salvajemente en medio del bosque, mientras van apareciendo en el escenario serpientes y escorpiones.

martes, 1 de junio de 2010