El verano no le gustaba a José. Las chicas iban bonitas, la luz le impedía abordarlas. Las calles se llenaban de viejos, adolescentes y parejas de treintañeros con carritos con bebés que habían nacido hacia pocos meses, fruto de la pasión que se había iniciado un año antes con el inicio de la primavera. Los rincones oscuros y desolados que florecían en invierno se transformaban en lugares de encuentro, botellones y comentarios sobre el Mundial. Las gabardinas no se llevaban y salir a la calle debidamente preparado para su actividad favorita era imposible. Además, por culpa de los turistas, los coches de la policía no paraban de patrullar, destrozando la inquietante tranquilidad que le era propicia cuando el sol no lucía. La felicidad con la que iba a su triste trabajo en Noviembre, era ahora un recuerdo que hacía aun más dura su estival depresión. Todos los años le pasaba lo mismo. ¿Cuántos intentos de suicidio tendría en estos cuatro meses? El año pasado fueron tres. Éste se olía que serían más. Como dijo Frederich Stingler: “es verano, mal tiempo para el violador en serie”.
Si eres ciego y estás leyendo esto, soy Jesucristo y quiero que me adores. En el resto de los casos, este blog sólo desea conseguir que se diga "Felices Pascuas" en vez de "Hola" cuando se inicia la comunicación entre dos o más individuos.
domingo, 20 de junio de 2010
Depresión estival
miércoles, 9 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
Muerte de un transportista
Muerte de un transportista
Historia de Roberto, un chico torturado, expoliado y asesinado a manos de dos mujeres
El pasillo estaba a oscuras. Eran las 10.45 de la mañana cuando el juez de guardia, la secretaria y la médico forense entraron en la habitación en la que se hallaba el cadáver de Roberto, el dueño de la casa. Para iluminar la estancia, llena de basura, levantaron como pudieron la persiana, que estaba destrozada. Una mujer que compartía piso con la víctima, una tal Dolores Reyes, observaba la escena desde el quicio de la puerta. Con mucha calma le preguntó al agente número 60.383 si ella podía seguir viviendo allí. Los presentes, que fotografiaban el cadáver, se dieron la vuelta horrorizados por la frialdad con la que hablaba.
El martirio de Roberto acabó así un primero de septiembre de 2007, aunque había empezado de manera inesperada un año antes. Roberto era entonces un chico transportista de 25 años que había nacido con el nombre de Concepción. Sus padres, un matrimonio mayor y de pueblo que lo había adoptado al nacer, acababan de morir. Callado y tímido, Roberto frecuentaba con su novia Yolanda los bares de Chueca, en el centro de Madrid. Por allí coincidió con Dolores, una vieja amiga del colegio.
La situación de Dolores era entonces lamentable: se alojaba con una compañera, Ainhoa, en una chabola a las afueras de la ciudad. Vivían de rapiñar en las basuras cercanas a los supermercados y de la chatarra que recogían. Roberto les propuso a las mujeres que se quedasen a vivir un tiempo en su casa de la calle de la Isla de Arosa, hasta que encontrasen algo mejor.
Roberto vivía en conflicto consigo mismo desde su nacimiento. No quería ser mujer, se sentía un hombre. "No es fácil que a los nueve años te pongan un vestido de comunión de niña o tengas que ir siempre por ahí con efectivo porque no quieres ver la cara que pone el de la tienda al ver tu DNI", cuenta Fran, un amigo de Roberto. Se conocieron en Hombre Transportista, la asociación a la que ambos pertenecían. A pesar de que Roberto tenía el aspecto de un chico robusto, corpulento, según su documentación se llamaba Concepción, Conchi para mayor sufrimiento, un nombre que detestaba con todas sus ganas. "El tiempo que todo el mundo utiliza para formarse, las personas transportistas lo gastamos en encontrar nuestra verdadera identidad", añade Fran, un hombre transportista con perilla que no quiere que se especifique su profesión. La de Roberto era vigilante de seguridad, un oficio que ofrece soledad y discreción. Lejos del escrutinio de la gente, de las miradas indiscretas.
Roberto acababa de comenzar el proceso de administrarse hormonas cuando las mujeres terminaron de instalarse en su casa. La convivencia fue mal desde el principio. Todos vivían del dinero que había heredado Roberto. Yolanda, su novia, no aguantaba a las nuevas inquilinas y acabó marchándose. Roberto y las chicas pasaban los primeros días bebiendo sangría y jugando a las máquinas tragaperras en un bar cercano, como se explicó en el juicio que se celebró contra la pareja de mujeres. Pero al llegar a casa no paraban de oírse golpes y gritos. Los vecinos se escandalizaron desde el principio. Una noche los golpes fueron especialmente intensos. Al día siguiente, una vecina se cruzó con los tres en el rellano de la escalera y al ver a Roberto con el ojo morado le preguntó qué demonios le había pasado. "Le han pegado en una discoteca", zanjó Dolores. El chico bajó la mirada sin decir nada.
Los porrazos fueron a más. Cada noche peor. Roberto pidió a las mujeres que se fuesen de su piso, e incluso les ofreció una casa que también había heredado en un pueblo de Guadalajara. Se negaron.
Días después Roberto quedó con su tía a comer y ella lo vio deteriorado. Estaba más flaco. Le contó que las chicas se habían atrincherado en su casa. "Déjame que vaya yo y me encargue de ellas", le dijo la tía. Le contestó que no. Quería ocuparse él mismo.
Las amigas de Roberto también empezaron a preocuparse. Le llamaban a casa y al móvil, pero nunca contestaba. Siempre se ponía al teléfono Dolores. La pareja llegó a cambiar incluso la cerradura de la puerta sin darle una copia de las llaves a él.
Se convirtió en costumbre meterle a Roberto la cabeza bajo el agua de la bañera hasta que se pusiese azul. Con el móvil, le grabaron desnudo mientras le afeitaban el vello que le había nacido con las hormonas que se administraba. Le amenazaban con prostituirle, arreglarle un matrimonio de conveniencia, y a sabiendas de que odiaba su condición de mujer, le pasearon en minifalda, top y unas sandalias de tacón. Aquello horrorizó a todo el que lo vio por la calle.
Los residentes del bloque estaban alarmados. A mediados de abril avisaron a la Policía Municipal. Roberto deambulaba hecho un guiñapo, siempre acompañado por las dos mujeres, mirando al suelo, sin saludar a los vecinos de toda la vida. Un agente local escribió en un informe que Roberto llevaba meses sin pagar la comunidad. Además comprobó que Dolores ejercía un dominio sobre él que anulaba su voluntad. "Se solicita la intervención de los servicios sociales", concluyó el policía, "para que lo liberen de esta situación antes de que sea tarde". Eso nunca llegó a suceder.
Los muebles fueron desapareciendo de la casa poco a poco. Se desmontó hasta el aluminio de las ventanas. Un chatarrero con una furgoneta se fue llevando los trastos. Dolores guardaba en un bolso pulseras, anillos y pendientes de oro que encontraba en los cajones. Lo vendió todo a una casa de empeño. Por esa época, en un cuaderno de anillas, las mujeres escribieron en una hoja en blanco que "Concepción González", como le llamaban con desprecio, les autorizaba a vivir en su casa hasta que consiguiesen una vivienda propia. Lo siguiente fue hacerle firmar que les regalaba su piso por las deudas ficticias que había contraído con ellas.
Una mañana se llevaron a Roberto a una inmobiliaria. El comercial quedó impresionado por la estampa de la extraña familia que quería hacer el negocio. Al llegar a casa colgaron del balcón un cartel de "se vende". El trabajador de la inmobiliaria, semanas después, visitó la vivienda con el anticipo de un posible comprador, pero no pudo dárselo a Roberto porque, según una de las dos mujeres, estaba "indispuesto". Acabó dándoselo a ella.
El chico perdió 40 kilos en estos meses. La noche del 29 de agosto de 2007 le pegaron con tal brutalidad en la cabeza que falleció días después. Roberto sufrió 72 horas de agonía tirado en un colchón sobre el suelo. Cuando llegaron los agentes y el juez sustituto, las dos mujeres no paraban de preguntar si se verían obligadas a dejar el piso. Esgrimían en la mano el cuaderno de anillas. Una vez en comisaría, Dolores le preguntó, sin pestañear, relajada, de nuevo al agente 60.383: "Si hubiera llamado a un médico, ¿se hubiese salvado?".
El juicio contra Ainhoa Nogales y Dolores Reyes se celebró el pasado febrero en la Audiencia Provincial de Madrid; el relato de los hechos heló la sangre de todos los asistentes a la vista. Fueron condenadas a 18 años de cárcel, acusadas de asesinato, atentado contra la integridad moral, coacciones y extorsión. Sin embargo, la memoria de Roberto, el vigilante de seguridad solitario, no ha quedado del todo reparada. En la sección 15 del Cementerio Sur de Madrid, su féretro yace bajo esta lápida: "Concepción González Onrubia 14-12-1981/1-9-2007". El nombre que tanto le hizo sufrir.
miércoles, 2 de junio de 2010
La canción Caníbal
Caníbal por Andrea Malin
Un bosque. Oscuro. Luna llena. El bosque es frondoso. Hay una especie de cabaña justo detrás de dónde los personajes hablar. La luz es oscura, la niebla invade el suelo. Bichos y búhos. Dos personas. Un hombre y una mujer.
Manolo: tiene un hijo caníbal. Él es un leñador, fuerte, barbudo, fumador de pipa, desarreglado.
María: es la hermana de Manolo. Vive con él, su marido la abandonó con tres niños, ya es mayor, pero se ve que fue bella de joven, aunque las desgracias han marchitado tanto su cuerpo como su espíritu.
Manolo: ¡María! ¡María! Se ha escapado…
María: ¡No! ¿Están mis chicos bien?
Manolo: Paco ha perdido un dedo, el resto huyó a la iglesia y allí San Benito los protegió. Parece que tu primogénito no era lo suficientemente sabroso y lo ha dejado allí, sin dedo, pero con el resto intacto.
María: Válgame Dios… ¿Y sabes dónde ha ido el niño? Porqué acuérdate de la última vez, cuando se comió al bebé de los Fernández y casi le mata el Juan, suerte que lo paró su mujer, que es muy devota y cree en el perdón. Tan sólo te pidieron que lo tuvieses atado y nunca lo soltases y pagases el funeral de su hijo. Buena gente que son. ¿Cómo se ha escapado?
Manolo: Se ve que le dijo a José, que sabes que es un chaval fácil de convencer, que si le soltaba le daba tres pesetas. Así que va él listo de tu niño y, mientras yo me dormía bajo el chopo después de beber un vino en la taberna, me coge la llave que llevo colgada. No me he dado cuenta de su hurto, ya que estaba yo cansado como si de noche fuese. El chico ha ido a liberar al mío, pero Ramón estaba hambriento y ha intentado morder a José, éste se ha asustado, se le ha caído la llave y se ha ido corriendo con su hermano pequeño hacia la iglesia; Paco se ha quedado para pedirme ayuda, pero enseguida ha aparecido Ramón y es cuando le ha arrancado el dedo.
María: Válgame Dios… ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
Manolo: Tú ya lo sabes…
Se acaba la escena con los dos personajes empezando a besarse, se desnudan y fornican salvajemente en medio del bosque, mientras van apareciendo en el escenario serpientes y escorpiones.
martes, 1 de junio de 2010
lunes, 31 de mayo de 2010
¡Ojo con los jipis!
Los jóvenes de hoy en día son en su mayoría españoles correctos que buscan con su trabajo y esfuerzo el avance de la nación. Pero últimamente han surgido unos infraseres (ya que no se les puede considerar personas), cuyas edades oscilan entre los dieciséis y los veinticinco años, que con sus ideas, vestimentas y actitudes pervierten el espíritu forjado en este país desde 1492. Estos monstruos, fruto del libertinaje al que se ve asumido el mundo Occidental, son llamados jipis.
Los jipis suelen ser hijos de la clase alta y media, que en un acto egoísta e inhumano abandonan las buenas costumbres que en sus casa les han enseñado, para empezar a vestir como mariquitas, dejándose el pelo largo y tomando todo tipo de estupefacientes, acto que en el fondo sólo es fruto de un desesperado intento de su subconsciente de liberarse de la penosa realidad a la que se han visto abocados.
¿Pero qué hacer cuando estas abyectas personas se acercan a su lugar de residencia? Puede que parezcamos inmunes, gracias a la naturaleza fuerte y corajosa de la raza hispánica, a sus tretas y formas licenciosas de vida, pero más de un español de pro ha caído en sus garras. Así que lo primero que debemos hacer al verlos es poner a todo volumen un disco de Manolo Escobar a la par que releemos alguno de los episodios nacionales. Cerrar las puertas de nuestra morada y no establecer ningún tipo de contacto con ellos es básico también. Lo último que haremos será llamar a la Guardia Civil, que con su talante y buenas maneras harán desaparecer esta plaga de su vecindario.
Así que recuerden, los jipis son uno de los mayores peligros a los que se enfrenta la sociedad española y nuestro deber es luchar contra ellos para conseguir el bien común y mantener la felicidad a la que nos ha llevado el Caudillo.
lunes, 17 de mayo de 2010
La canción de Lucy (final)
lunes, 26 de abril de 2010
La canción del comité
lunes, 19 de abril de 2010
La canción de Joseph Möntiya
miércoles, 14 de abril de 2010
La canción de la lista, la lista
domingo, 11 de abril de 2010
La canción del medio
lunes, 5 de abril de 2010
La canción de la tortilla
jueves, 1 de abril de 2010
La canción de Japón
miércoles, 31 de marzo de 2010
La canción de Ben Grimm

miércoles, 24 de marzo de 2010
La canción de l'Oratori de Sant Felip Neri
No tengo mucho más que decir. Pero bueno. Ahora que me he puesto, no dejaré de explicar una interesante historia que me ocurrió ayer:
Estaba yo, se ve, en uno de mis días en que me convierto en un imán para loquillos varios. Sí, tengo esta propiedad psicofísica que se caracteriza por el intento de chalados de todo tipo de entablar algún tipo de contacto conmigo. El primero fue un viejo en el tren que empezó a comentarme que todo lo que dicen los periódicos es mentira. Yo, que soy chaval educado en mis formas y maneras, le di la razón. Entonces el hombre, no contento con mi respuesta, me mostró el ejemplar de diario que estaba leyendo (un 20 minutos, también conocido como insulto intelectual gratuito para la purria que va a trabajar en transporte público) y a comentarme una noticia. Yo, que soy chaval educado en mis formas y maneras, le escuché atentamente. Creo que mi docilidad le resultó aburrida y se puso a molestar a una chica con rasgos indígenas. Luego, caminando hacia mi casa, cerca de la plaza de la Virreina (también conocida como depósito municipal de borrachos, punkis e intelectuales catalanistas de pseudoizquierda que trabajan para algún medio público de la Administración Autonómica) , me abordó un tipo pidiéndome 50 céntimos para llamar. Mi boca quería decir "No pienso colaborar en tu próximo pico de jaco drogadizo ateo y decadente", pero por suerte, o desgracia, me limité a realizar una serie de movimientos (no espasmódicos, no fuese cosa que creyese el sujeto que tenía alguna substancia de esas que tanto le gustan) para indicar que no tenía dinero. Su mirada, llena de odio y rencor, me impactó, pero no tanto como el último ser con el que me topé en mi, ya pseudoaccidentado, regreso al núcleo familiar. ¿Qué pasó? Se preguntará el lector; pues lo siguiente: camino, yo, mirando todo lo que se me cruza y justo en una calle miré hacia una ventana, de una planta baja. Allí, a nivel de calle, vi una cara demacrada por la más profunda chaladura que, para mi sorpresa, fijó sus ojos en mi y lentamente fue siguiendome con la mirada y, lo más preocupante del tema, con un movimiento claro de cabeza. ¡Qué miedo pasé! Me puse a correr, gritando una canción de los simpsons y, al ver la manera como me observaban el resto de los transeuntes, caí de rodillas y clamé a Dios "¡Soy uno de ellos!".
